Simbolismo general
El solsticio de invierno en 2022, será el miércoles 21 de Diciembre a las 15:47 hrs (en México). Esto surge por el movimiento aparente del Sol -referente a la tierra-, el solsticio de invierno –Sol Sistere o Sol quieto–, que es el momento en el que el Sol se ve a menor altura en el cielo, y es sobre el Trópico de Capricornio donde alcanza el cenit al mediodía, con una declinación de 23°26´14´´ del Sur del ecuador, y donde el Sol se mantiene detenido durante 3 días, para que después, al cuarto día, Venus brillé justo por donde saldrá el astro solar y con eso, hacer que los días sean más amplios que la noche, como un renacimiento; cabe mencionar que esos momentos Venus es retrógrado con una inclinación referente a su órbita de 177,36° cuando por lo general es de 90° y es también durante éste evento que el Sol no sale en el Polo Norte.
Es en los solsticios -y equinoccios- en donde podemos decir que se definen tanto el tiempo como el espacio, o sea, el ritmo de nuestra vida dividida por la cantidad de luz que nos brinda el tiempo.
“Hombre conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”, rezaba una parte del letrero colgado a las puertas del Oráculo de Delfos, y nada mejor para conocerse a uno mismo que la contemplación del «camino de las luces celestes». Ese evento que, a través de la observación, nos lleva a generar un sistema simbólico en el cual la concepción humana del tiempo se representa, organiza y puede tomar conocimiento de sí misma; dando como resultado el conocimiento de las condiciones que gobiernan la vida. Por ejemplo: El cultivo de una planta, la siembra, la muerte de la semilla, y la aparición de una nueva planta. Secuencias de la vida que, a partir de los espectros de luz, se muestra una relación con el microcosmos (lo infinitamente pequeño) y con el macrocosmos (lo infinitamente grande) en ciclos repetitivos y recurrentes. La apertura del “conocimiento de uno mismo” en el Solsticio, se encuentra entendiendo la dinámica del universo y comprendiendo su relación con los procesos de nuestro interior.
En los puntos geográficos Norte y Sur se hace presente la relación astrológica en el sentido de correspondencia con el Trópico de Capricornio -invierno- y el Trópico de Capricornio -verano-, en dónde se dan los Solsticios. Estos signos astrológicamente pertenecen, cada uno, a un elemento: Capricornio a la tierra, Cáncer al agua, Aries al fuego y Libra al aire, entre otras relaciones que tienen que ver con el cuaternario.
En el simbolismo astrológico, el ciclo anual podemos ver que se “divide” en dos mitades: una etapa descendente y otra ascendente, en la primera el Sol va hacia el norte, se encamina hacia el solsticio de invierno y en la segunda el sol va hacia el sur, o sea, rumbo al solsticio de verano. En la tradición hindú la fase ascendente se relaciona con el deva-yâna (vía de los dioses) y la descendente con el pitr-yâna (vía de los padres o antepasados).
El solsticio de invierno será, por tanto, el polo norte y el solsticio de verano el polo sur, marcando la línea vertical de la rueda en donde al sur le corresponde el mediodía y al norte la medianoche. De ahí el sentido esotérico de que los trabajos iniciáticos comiencen a mediodía y cierren a medianoche, es el lapso para realizar el ritual, saliendo uno del tiempo lineal, uniforme y plano del mundo profano e ingresando a otro tiempo en el que todo se hace de acuerdo al rito y, por ende, al símbolo.
Los dos solsticios marcan, entonces, la división del ciclo anual en dos mitades, una ascendente y otra descendente, que reflejan de alguna manera la ley universal aplicable a todo lo existente, el yin y el yang, sístole y diástole, masculino y femenino, positivo y negativo. Pero también los dos puntos en los cuales se “suspende” el movimiento y por lo tanto el tiempo.
Estas dos puertas solsticiales están vinculadas al simbolismo de Jano, que es el portero (ianitor) el que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos -la llave como simbolismo axial que lo conecta con una parte Suprema del todo-.
Dios de la iniciación que presidía la Collegia Fabrorum, escuela iniciática vinculada con el ejercicio de las artesanías, Jano era un antiguo dios asirio-babilónico, que para los romanos, precedía todo nacimiento ya sea de los hombres, del cosmos o de las acciones a emprenderse. Lleva consigo dos llaves y por ello se le relaciona con una deidad de aperturas o de inicios, en el cristianismo las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan y estas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir, en las postrimerías de los solsticios de invierno y de verano, las llaves de Jano, en la simbólica cristiana, abren y cierran el “Reino de los cielos” y el de la tierra, una llave es de oro y la otra es de plata.
En la sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, es Guénon al que nos remitimos, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático y en especial a la de los constructores. La masonería ha conservado como uno de los testimonios más explícitos de su origen las fiestas solsticiales consagradas a los dos San Juan, después de haberlo estado a los dos rostros de Jano. Estos rostros que marcan ciclos y tiempos específicos señalan, en su lado izquierdo el pasado, quizás recordando que en una primera etapa los iniciados deben de tomar conciencia de lo que se requiere cambiar u operar en la construcción de su templo interno. Initiatio, deriva de in-ire “entrar”, lo que se vincula igualmente con el simbolismo de la puerta y con Jano (Ianus) que contienen la misma raíz que el verbo ire, “ir”; esta raíz se encuentra en sánscrito con el mismo sentido que en latín, es la palabra yâna, “vía”, cuya forma está próxima a la del nombre Ianus, y que faculta la iniciación, initiatio; y sirve para designar al Principio Supremo que debemos de buscar en el interior.
Sus dos rostros se consideran la representación del pasado y el futuro, sin embargo, entre el pasado que ya no es y el porvenir que no es aún, el verdadero rostro de Jano es aquel que mira el presente, el instante permanentemente frente a nuestros ojos, la realidad, eso que verdaderamente es lo único que nos conforma. En tanto que el lado derecho corresponde al porvenir y tal vez hable, entre otras cosas, de lo que está por saberse o aprehenderse, ese tercer rostro, invisible nos enseña el “aquí y ahora”, el presente, que en la manifestación temporal no constituye sino un inaprehensible instante, aunque, nos recuerda Guénon: “cuando el ser se eleva por sobre las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, al contrario, toda realidad.” por ello a Jano se le conoce también como “el Señor del triple tiempo”.
Este tercer rostro de Jano corresponde, en otro simbolismo, el de la tradición hindú, al ojo frontal de Shiva, invisible también, ojo que figura “el sentido de eternidad”. Jano ha dado su nombre al mes de enero, que es aquel con el que abre el año (solsticio de invierno). Jano “Señor del triple tiempo” (atributo igualmente asignado a Shiva), es también, el “Señor de las dos vías”, esas dos vías, de derecha y de izquierda (que los pitagóricos representan con la letra Y – Épsilon), que son idénticas al deva-yâna y al pitr-yâna; y que aquí igualmente, habrá que mencionar, hay una tercera vía no visible que se relaciona precisamente con el tercer rostro.
Estas fiestas que se han celebrado por variadas culturas y pueblos se sitúan en realidad un poco después de la fecha exacta de los solsticios, una vez que el descenso o el ascenso ya han comenzado; a esto corresponde, en el simbolismo védico, el hecho de que las puertas del Pitr-loka (de los antepasados) y el Deva-loka (de los dioses), se consideren situadas, respectivamente, hacia el sudoeste y el nordeste. Podría decirse con mayor precisión que “la puerta de los hombres” está situada en septentrión y vuelta hacia el oriente y que “la puerta de los dioses” está situada al mediodía y vuelta hacia el poniente.
Ahora bien, el doble sentido del nombre mismo de Juan es interesante y probablemente relevante para algunos: el nombre Yehohanán, puede significar “misericordia de Dios” o también “alabanza de Dios”. El primer concepto se ha vinculado a San Juan Bautista, en tanto que el segundo se le ha designado más frecuentemente a San Juan Evangelista. La misericordia es atributo descendente en tanto que la alabanza requiere de un esfuerzo ascendente. Al Bautista, en la masonería, se le relaciona con la escuadra y el nivel, herramientas indispensables para que la base del edificio a construir esté perfectamente nivelada y encuadrada, sea esta imagen perfecta del trabajo que se debe llevar, es decir, la rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo. En tanto al Evangelista, “el águila de Dios” y “el discípulo bien amado” se le considera el apóstol que da testimonio de la luz –del conocimiento– y por ende se le encarga bautizar con el fuego del espíritu. La masonería le asigna la plomada y el compás, y con esto, la posibilidad que enlacemos con el eje vertical que va del centro del templo hasta su lugar más alto, que es donde reside la clave de bóveda celeste.
Existe una divisa, de nuevo Guénon, que nos dice non plus ultra y que está referida a estas columnas y que, no solamente expresa o señala los límites del mundo “conocido”. Como hemos comentado a Jano se le puede observar como el “Señor de la Eternidad”, que probablemente sea uno de sus aspectos más importantes, esto se relaciona con el principio (alfa) y con el fin (omega) de todas las cosas y esto nos pueda remitir al evangelio de San Juan que inicia con estas palabras: “En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por él fueron hechas todas las cosas: y sin él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas, en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres: Y esta luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido” (I, 1-5). Como nota interesante: en este fragmento del Evangelio podemos ver la influencia de Hermes Trismegisto y del Corpus Hermeticum: Divino Poimandres (pero ese es un trabajo que probablemente después desarrolle).
El solsticio para la Wicca
Los wiccans, que tienen un ciclo anual de festividades de tipo sincrético (cabe aclarar, que los 8 sabbats de la Wicca están basados en diversas celebraciones religiosas de la Antigüedad -casi todas de tipo agrario- pero también que jamás existió una cultura que celebraba a las 8 en sí).
En el solsticio se da el nacimiento de Yule, simbólicamente y de acuerdo con la creencia wiccana, Yule representa el renacimiento del Dios después de su muerte en Samhain y corresponde con el solsticio de invierno. También es el primer ritual estacional de la Rueda, es el momento más frío y la noche más larga del año. Es el momento de mayor oscuridad antes de que la luz regrese, es el renacimiento del Dios padre, la primera chispa de esperanza que emerge de la más profunda oscuridad. Es un momento de espera. Se trata de la representación de la vida que espera, bajo la tierra, el momento de renacer. Yule es un momento propicio para meditar sobre la oscuridad y la muerte. Es un tiempo de espera consciente en el que se puede observar el interior del ser y descubrirse a sí mismos.
Cabe mencionar que al menos casi todos los que se hacen llamar “paganos” no suelen celebrar el nacimiento de tal o cual personaje -como el nacimiento de Jesús-, o su fallecimiento o el día que hizo una supuesta cosa, sino los eventos de la naturaleza y su simbolismo de acuerdo con la tradición que sigan. Aunque algunos dicen que se puede adorar a Jesús de Nazaret o la Virgen María y, aun así, ser parte del colectivo wiccano, el reconstruccionista pagano, antropólogo y escritor Oscar Cortelezzi, llama a eso: “Esquizofrenia en la Wicca” -tema para otro post-.
¿Y los que viven en el hemisferio Sur del planeta?
Que se jodan… jajaja, no es cierto, se les quiere… las personas que viven en el hemisferio Sur pueden darle vuelta 180 grados a la “Rueda del Año”… los que viven en el Ecuador, eligen qué “lado del mundo” les es más afín… tema muy diferente lo que ocurre con los que son reconstruccionistas, pero no nos adentremos a temas escabrosos… Los solsticios y equinoccios son como “hitos” en el ciclo anual, fenómenos cósmicos y agrarios que se dan en el cielo y la tierra, así que, a priori, parecen los puntos centrales de cualquier calendario festivo pagano.
Pongamos por ejemplo en el Kemetismo (religión del antiguo Egipto, tradición que aún existe), pareciera no ser tan importante los solsticios debido a que en Egipto las estaciones no cambian mucho durante el año -digo, como punto a tomar en cuenta: están en el Sahara, así que seguro no hay gran cambio climatológico-, el clima y la geografía del país donde esa tradición se generó no es muy cambiante, así que no fue muy tomado en cuenta.
«El Sol es vida, y esta vida es la propiedad común en todas las cosas, el poder del cual dependemos. Desde el más pequeño átomo hasta la más grande estrella, la luz es un símbolo de la presencia de la vida. Esta vida es una promesa, algo que debemos de comprender, esta luz no es algo que se encendió súbitamente de la nada, en un antiguo eón, esta luz es eterna. Por ello la vida es eterna, la inmortalidad es una certidumbre, el crecimiento es inevitable. Porque todas las cosas buenas, todas las revelaciones, están basadas en la inevitable e inmediata y eterna presencia de la vida. La vida es por ello algo muy sagrado y al observar su descenso a través de los diferentes órdenes de creación, vemos que la vida se difunde en el ser humano. Hay vida en nosotros y esta vida en nosotros ha hecho su tabernáculo en la carne.» Manly P. Hall
Se puede decir entonces que el Solsticio nos invita a reconocer que la muerte es el fin de un ciclo que continuará -con o sin nosotros-, que no somos sino espectadores de la naturaleza, donde sus eventos más maravillosos nos acercan a conocernos a nosotros mismos, a reconocer que hay algo dentro de nosotros que es más grande que todo lo creado por el hombre y eso nos llama a descubrirlo. Como se citó a Abdul Karim Baudino, en el Eneagrama Sufi: “Si lo de la esencia, lo divino, no está en primer lugar, no está. No acepta segundos lugares.”, si no ponemos esa esencia en primer lugar dentro de nosotros y la entendemos, estudiamos y comprendemos, ningún elemento la podrá sustituir, ya sea riqueza, fama, sensaciones, poder o sexo; nada puede sustituir eso que se encuentra en el interior.



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